Pañuelos y fajas de San Fermín colgados de las barreras del encierro

Qué es San Fermín

San Fermín es la fiesta más internacional de Pamplona y una de las celebraciones más reconocidas de Navarra. Del 6 al 14 de julio, la ciudad se transforma con un intenso programa de actos populares, música, gastronomía y tradiciones que llenan las calles de ambiente. Del Chupinazo al Pobre de mí, pasando por el encierro, las peñas, los gigantes y cabezudos o los fuegos artificiales, estas fiestas ofrecen una experiencia única para conocer el carácter abierto, popular y festivo de Pamplona.

Tradiciones

La procesión en San Fermín
Fuente: Diario de Noticias

El chupinazo

El inicio de las fiestas patronales de Pamplona se celebra con el lanzamiento del chupinazo.
El 6 de julio una multitud ávida de fiesta se concentra frente al Ayuntamiento para asistir a uno de los momentos más emocionantes de los Sanfermines. Poco antes de las doce del mediodía, la corporación municipal en pleno sale al balcón Consistorial desde donde serán lanzados doce cohetes para anunciar el comienzo de los festejos. Abajo, en la plaza, un mar de pañuelos rojos ondean entre las manos de pamploneses y visitantes impacientes por anudárselo al cuello. 

La respuesta es inmediata, una explosión de júbilo, de locura colectiva invade la plaza y sus alrededores, repletos de gente que descorchan botellas de champaña, cantan y bailan al son de las charangas y que no descansaran hasta la madrugada del día 15. Son habituales los momentos de tensión y de presión, junto con el sofocante calor, debido a la gran densidad de gente que soporta esta plaza no muy amplia. Es conveniente tenerlo en cuenta, ya que aunque no se han producido incidentes de consideración, si que son frecuentes los cortes por los vidrios que quedan en el suelo de restos de botellas.

Consejos:
Lo mejor es acudir como mínimo una hora antes del chupinazo para poder adentrarse en la plaza y disfrutar del ambiente previo que se crea mientras tanto. Diez minutos antes de la hora, los más rezagados se hacen paso a empujones entre la multitud, provocando pequeñas avalanchas y sensación de asfixia. No es nada aconsejable acudir con niños ya que el peligro para ellos es mayor. Las calles que rodean a la plaza son una buena alternativa para comenzar la fiesta. Hay menos aglomeración, pero el ambiente es igual de festivo. En la Plaza del Castillo se instala una pantalla gigante donde se puede ver en directo lo que sucede en la Plaza consistorial. Al igual que en el Paseo de Sarasate que es el lugar idóneo para familias con niños pequeños.

Sobretodo, es imprescindible el pañuelo rojo, aunque no debe ponerse antes de las doce de la mañana. Es costumbre llevar el pañuelo anudado a la muñeca o guardado en el bolsillo hasta que se lanza el chupinazo. Inmediatamente después del sonido de la pólvora lo tradicional es anudárselo al cuello y no quitárselo hasta el “Pobre de mí”. También es conveniente llevar alguna botella de champán, se puede adquirir en las calles que rodean a la Plaza del Ayuntamiento.

Por lo que respecta al resto de la indumentaria, no es el mejor día para vestirse con ropa de calidad. Los mozos y mozas de las cuadrillas se divierten durante la espera derramándose litros de bebida que irán a parar, con toda seguridad, en la ropa. También hay que tener cuidado con lo que cae al suelo, por lo que es aconsejable llevar calzado resistente.

Al finalizar el Chupinazo es costumbre salir de la plaza del Ayuntamiento por las calles de Chapitela y de Mercaderes.

La Procesión

La procesión de San Fermín se celebra la mañana del día 7 de julio, por las calles adyacentes a la Catedral y a la iglesia de San Lorenzo. En los últimos treinta años se ha convertido en un acto popular y cada vez más multitudinario, en el que convergen los principales protagonistas de la fiesta. La figura del Santo sale a la calle arropada del cariño y devoción de la gente que, junto con los maceros, gigantes, cofradías, jotas, danzaris y autoridades de gala honran a San Fermín en una mañana llena de fervor popular.

El culto a San Fermín es un sentimiento bastante arraigado entre los pamploneses que surge mucho antes de la celebración de los Sanfermines. Sin embargo, su presencia se deja notar en todos y cada uno de sus actos, desde la invocación al santo momentos antes de cada encierro, pasando por los gritos de chupinazo o los lamentos del “Pobre de mí”. Es una tradición que se transmite de padres a hijos y través de las vivencias compartidas de esta fiesta universal

Según la tradición, el senador romano Firmo y su familia se convirtieron al cristianismo por la influencia del presbítero Honesto, que realizó su labor evangélica en la Pamplona romana del siglo III. Su hijo Fermín, fue bautizado por San Saturnino en lo que hoy se conoce como el «pocico de San Cernin». Más tarde fue ordenado sacerdote en Toulouse, en Francia. Aunque años después regresó a Pamplona ya como obispo, terminó sus días en Amiens, donde consiguió convertir a más de 3.000 personas, tras ser encarcelado y decapitado un 25 de septiembre. San Fermín es junto a San Francisco Javier patrón de Navarra, además de patrón de la diócesis de Pamplona y de las cofradías de boteros, vinateros y panaderos.

El día siguiente al Chupinazo, las autoridades, el clero, representantes de los distintos gremios y cofradías de la ciudad y fieles se visten con sus mejores galas y trajes tradicionales para sacar a San Fermín en procesión. Es la ocasión de vestir las mejores ropas para asistir a este acto religioso, siempre de blanco la camisa, falda o pantalón, combinadas con la faja y pañuelo rojos y las alpargatas con cintas también rojas. Los concejales sustituyeron los trajes de golilla y chambergo, en el siglo XIX por el frac y chistera, corbata de lazo y guantes blancos, cadena sobre el chaleco y medalla con el escudo de la ciudad. Para las concejalas se ha diseñado una vestimenta parecida a los atuendos tradicionales de los valles navarros de Roncal, Salazar y Aézcoa, que consiste en una falda larga a pliegues, negra de seda natural, blusa color manteca de cuello alto, también plisada y encañonada en cuello, con chorreras, un corpiño negro de manga larga con una cenefa bordada de flores, conjuntado con un mantón de seda negro.

Durante la mañana, la solemnidad del desfile se verá interrumpida por las espontáneas muestras de devoción de coros y rondallas, además del sonido del chistu o de una sentida jota. Para un pamplonés es un acto imprescindible y, desde luego, para los visitantes es una cita obligada para conocer la fiesta en toda su dimensión. Es un acto donde, a diferencia de otros acontecimientos, no se producen aglomeraciones y cualquier lugar es bueno para apreciarla. Aunque es recomendable acudir con bastante antelación para conseguir buenos sitios en la calle para disfrutar del acto.

La procesión da comienzo minutos antes de las diez de la mañana cuando la Corporación del Ayuntamiento acude a la Catedral, escoltada por clarineros, timbaleros, maceros, escolta, txistularis, gaiteros, comparsa de gigantes y cabezudos y La Pamplonesa (banda municipal de Pamplona), además de los cabildos parroquiales con sus cruces, la comunidad de Capuchinos y las cofradías. Una vez dentro la comitiva recoge al Cabildo de la Catedral, en un ritual que les encamina por las calles Navarrería, Mercaderes, plaza Consistorial, Bolserías y Mayor hacia la iglesia de San Lorenzo. Es aquí donde se celebra una misa solemne y se recoge al santo en su capilla para sacarlo en procesión. San Fermín llevado por una extensa comitiva recorrerá las calles de la Taconera, Rincón de la Aduana, San Antón, Zapatería, plaza Consistorial, San Saturnino y Mayor. Desde donde sigue el recorrido por las calles Mayor y San Antón, plaza del Consejo, calle San Saturnino y vuelta a la calle Mayor, para volver a la iglesia de San Lorenzo donde se deposita la imagen de nuevo en su altar. A continuación se canta una misa solemne, tras la que el cabildo regresa a la Catedral y la Corporación al Ayuntamiento cerca ya de las dos de la tarde.

A lo largo de la mañana se producen situaciones de gran emoción, el más conocido es el llamado el momentico. Tiene lugar al finalizar la misa en la iglesia de San Lorenzo, cuando las autoridades civiles y eclesiásticas se dirigen hacia la Catedral, en ese instante los gigantes danzan en el atrio acompañados de la gaita y del txistu, de fondo replica la campana María, se escucha “El asombro de Damasco” interpretado por La Pamplonesa. La procesión cuenta también con otros instantes emotivos, el primero de ellos se produce cuando, al paso por la calle de San Antón 47, la comitiva se detiene para escuchar una jota que se canta en honor a San Fermín. En la calle Zapatería, a la altura de la plaza del Consejo, la procesión hace un alto y en silencio escucha la canción “Glorioso San Fermín, venimos a cantarte, mayores y chavales…” que la coral Santiago de la Chantrea le dedica desde 1977, es el primer “momentico”. Momentos después, dos niños depositan rosas en la peana del santo al llegar al “pocico de San Cernin” y los txistularis interpretan el Agur jaunak. Veinte minutos antes del medio día, en la calle Mayor 20 se entona una Jota desde Napardi, justo antes de la entrada a la capilla de San Lorenzo. Hacía las 14,45 los dantzaris del Ayuntamiento despiden el acto bailando en la Plaza Consistorial.

La comitiva de la procesión la encabeza la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, seguidos de la Cruz de San Lorenzo y la Cruz Arzobispal, a continuación los gremios históricos de carpintería y labradores, la Hermandad de la Pasión y la Congregación Mariana, detrás los clarineros y timbaleros, la bandera de la ciudad, dantzaris y txistularis municipales. Tras de ellos, el Portador y la Imagen del Santo, seguida del Cabildo catedralicio, arzobispo de Pamplona, de los maceros y cerrando la comitiva la Corporación Municipal, con el alcalde, libreas, Policía Municipal y escoltas de gala. Por último, la banda municipal La Pamplonesa cierra el desfile.

El busto de San Fermín que se pasea en esta ocasión es una talla de madera de finales del siglo XV, revestida en plata en 1687. En el pecho porta un relicario, también de plata. La escultura se asienta en una rica peana labrada en plata que data del año 1746.

En cuanto a los orígenes de este acto religioso, se sabe que ya en 1386 se celebraba la procesión en honor de San Fermín, pues fue entonces cuando el Rey de Navarra Carlos II recuperó una reliquia del santo que se encontraba en Amiens, y la depositó en a la iglesia de San Lorenzo. Aunque el culto está documentado desde el siglo XII, cuando era obispo de Pamplona Pedro de Artaxona. En Amiens, la ciudad donde murió martirizado, la devoción a su figura aparece en sus letanías desde el siglo VIII. En cuanto a la fecha, en un principio, el santo salía en procesión el 10 de octubre, fecha en la que se conmemoraba su llegada a Amiens. Es a partir de 1591, cuando se traslada el culto al 7 de julio para evitar los fríos otoñales. De esta manera, la fiesta religiosa coincidía con las Ferias en su honor que se celebraban entre San Pedro y el 18 de Julio.



Las Dianas

La jornada sanferminera comienza con la música de las dianas. A las 6,45 de la mañana, la banda municipal «La Pamplonesa» ya esta lista para recorrer las calles del Casco Viejo tocando las más que conocidas canciones de las dianas para despertar a los vecinos. También acuden otras bandas militares, grupos de gaiteros y de txistularis. Todos juntos se pierden por las calles al son de enérgicas melodías para regresar de nuevo al Ayuntamiento al despuntar el día.

Es una tradición que cuenta con más de cien años. Fue el periódico «El Eco de Navarra» quién sugirió la idea de despertar al vecindario con las canciones de una banda de música que recorriese las calles una hora antes del encierro. El Ayuntamiento recogió la propuesta y, en la madrugada del 7 de julio de 1876, se interpretaron las primeras dianas sanfermineras. La banda de música en cuestión era de la Meca, como popularmente se conoce a la Casa de la Misericordia, y desfiló en solitario hasta que, dos años más tarde se le unió la banda militar del regimiento de Gerona, ampliándose el grupo en 1880 con otras bandas militares. No es hasta el siglo XX, a punto de terminar la década de los 60, que las dianas son protagonizadas por la banda municipal «La Pamplonesa», la banda militar, chistularis y gaiteros.

El cambio de siglo trae también un cambio en el repertorio de este espectáculo matutino. De los «aires populares» que se interpretaban en el siglo XIX, en el XX las dianas pasan a ser cuatro: la «una», la «dos», la «tres» y la «cuatro». Son melodías anónimas que fueron instrumentalizadas por Silvano Cervantes. La primera que sonó en las dianas fue la «dos», que se tituló con el nombre de «Aurora». Actualmente, las dianas siguen cumpliendo su cometido de despertar a la población e iniciar un nuevo día de fiesta. Para todo aquel que se acerque a participar en este concierto mañanero, se reparte un caldico caliente antes de que empiece el encierro.Los Sanfermines serían impensables sin la música que conforma la banda sonora de las fiestas. Algunas de estas composiciones que se han hecho conocidas más allá de esta tierra. Es el caso de las dianas, como la del popular estribillo “Quinto levanta, tira de la manta…”. Son ritmos alegres que tienen un origen militar. La Pamplonesa suele comenzar a ritmo de dianas: la uno, la dos, la tres y una cuarta, también llamada La Gacela. Rodeada de gente que participa el espectáculo cantando las melodías.

Desde la plaza Consistorial un buen número de incondicionales y público en general acompaña a los músicos en su periplo matinal. El gentío corea las canciones, típicas ya de estos momentos, con los estribillos “’Churros, churros”y “Todos los curas suelen venir…”. Poco a poco más gente se van sumando a la marcha a su paso por calles las calles de Navarrería, Pozoblanco, Zapatería, Calceteros, Recoletas, Taconera, Mañueta y otras del Casco antiguo de la ciudad.

La banda toca sin descanso las canciones que unos y otros se apresuran a pedir al primer silencio que se produzca. La gente realiza peticiones sin mucho sentido, “¡La tres!, ¡la cinco! que los componentes de la banda intentan complacer siempre que se pueda. Las dianas tienen mucho de concierto improvisado dentro de un ambiente de buen humor que prepara el ánimo para el día que comienza. Tras completar el circuito, que cada día es diferente, el grupo regresa de nuevo a la puerta del Ayuntamiento.

Una peña de Pamplona recorre sus calles portando la pancarta y con su música
Fuente: Diario de Noticias
Pobre de mí, acto en el que participan muchas personas y es la despedida de las fiestas de San Fermín, en la que se entona la canción: Pobre de mi, pobre de mi, que se han acabado las fiestas de San Fermín,

Las Peñas

Las peñas son grupos de cuadrillas y amistades que viven San Fermín de forma activa y colectiva. Tienen un papel esencial en el ambiente de la fiesta, especialmente en las corridas de toros y en las calles, donde sus charangas, pancartas y recorridos por el Casco Viejo llenan Pamplona de música, humor y tradición durante los nueve días de celebración. Sus locales, situados principalmente en la calle Jarauta y alrededores, son uno de los puntos donde más se respira el ambiente sanferminero. 

Surgidas a mediados del siglo XIX como cuadrillas que se reunían para acudir a la plaza de toros y disfrutar de la fiesta, con el tiempo se han convertido en uno de los elementos más característicos, populares y reconocibles de los Sanfermines.

Las primeras peñas se fundaron a mediados del siglo XIX, las cuadrillas de entonces se juntaban para acudir a la plaza de toros y disfrutar las fiestas. En aquella época Pamplona no era más que lo que ahora conocemos por el Casco Viejo, una ciudad que apenas ofrecía opciones de ocio. Aquellas primeras peñas se paseaban por las calles portando sencillas pancartas con dibujos, letrillas y saludos a los pocos forasteros que acudía a la fiesta, con nombres como El Trueno, La ochena, La cuatrena o El llavín. Con ellos, algún dulzainero, txistulari o guitarrista, hacía el papel de las actuales charangas, que llenan las calles de canciones con un ritmo especial alegre y pegadizo. Música que comenzó a sonar a partir de los años treinta de la mano del compositor Manuel Turrillas, ideada especialmente para los Sanfermines.

Entre los años 1950–1970, las relaciones entre las distintas peñas fueron muy fluidas y de gran colaboración entre ellas para la preparación de los distintos festejos de las fiestas de San Fermín. Este espíritu de buen entendimiento se extendía también a la colaboración con el Ayuntamiento y otros organismos oficiales. La constitución “formal” de la Comisión de Peñas, en 1959, supuso un hito para la organización en común de las inquietudes de las peñas como las dianas, el encierro,la asistencia a la procesión de San Fermín, pago de la música de las txarangas, subvenciones, festivales de las peñas, salida de los toros, abonos del tendido, etc. Durante los años 1964 al 1979 se ponen en marcha las Verbenas del Jito–Alai, organizadas por las peñas Irrintzi, Alegría y La Jarana, recogiendo esta iniciativa del Ayuntamiento.

También ha habido ocasiones de reconocimiento, como fue la concesión en 1971, de la placa de plata al mérito turístico a las Peñas de Pamplona, por parte del Ministerio de Información y Turismo. En el mismo año, la buena acogida que reciben los artistas de cine y periodistas extranjeros del Festival Internacional de Cine de San Sebastián a su paso por los Sanfermines es recompensada con la entrega de la Concha de Plata del festival.

Actualmente son un total de 16 peñas que se han ido fundando a lo largo del s. XX. Empezando por La Única, que se creo en 1903, le siguen Muthiko Alaiak en 1931, El Bullicio Pamplonés (1932), La Jarana (1940), Oberena (1941), Aldapa (1947), Anaitasuna (1949), Los del Bronce (1950), Irrintzi (1951), Alegría de Iruña (1953), Armonía Txantreana (1956), Donibane (1977), La Rotxa (1978), 7 de julio San Fermín (1979) y San Jorge (1980).

Las peñas son las protagonistas indiscutibles del tendido de sol en las tardes de toros de los sanfermines. Eran las localidades más baratas a las que podían acceder las clases humildes a las que pertenecían sus miembros. El calor y las ganas de diversión invitaba a pasar la tarde bebiendo y comiendo animando el ambiente más allá de lo que sucedía en la arena. La fundación de nuevas peñas en los años setenta hizo que se ocuparan las localidades más altas, es decir la de andanada, copando la mayor parte del tendido de sol.

Están presentes a lo largo de toda la jornada festiva. A media mañana, las peñas se echan a la calle con sus pancartas a deambular por el barrio, acompañados por la música de la charanga, haciendo una parada de vez en cuando para beber algo y obsequiar al vecindario con improvisando un concierto al aire libre. Cada peña tiene su pancarta, una de mayores y otra para los niños, que portarán sus miembros durante todas las fiestas. Llenas de buen humor, hacen un repaso de lo que ha sido el año con caricaturas de los protagonistas en los momentos clave. Hace años que abandonaron las sutilezas en sus letrillas y pancartas, propias de una etapa de censura política. Hoy en día tratan a las claras temas y personajes de todo el mundo, aunque su principal fuente de inspiración son los asuntos locales. Otro elemento distintivo es la ropa, cada peña tiene una blusa propia con el escudo de cada peña. Además utilizan un pañuelo de diferente color al rojo.

La tarde comienza con los preparativos para la corrida de toros, suelen ser bastante largos ya que tienen que preparar la bebida que transportan en cubos, perolas con ajoarriero y demás artilugios para la juerga taurina. Seguidos de sus inseparables charangas, se incorporan al desfile de mulillas en un ambiente festivo rumbo a la plaza de toros. Después del espectáculo taurino, las peñas desfilan por el callejón de la plaza seguidos de las charangas y portando las pancartas. Es un ritual ya clásico que se denomina ‘Salida de las peñas’. De allí cada una se dirige a su sede. Los mozos y mozas se reúnen en los locales de la peña para cenar y comenzar una noche de marcha. Las calles Jarauta y Navarrería, donde se encuentran la mayor parte de sus locales, se inunda del ambiente de las peñas con la música de la charanga y la juerga sanferminera.

Aunque las peñas nacieron por y para la fiesta de San Fermín, sus componentes se reúnen y organizan diversos eventos gastronómicos, culturales y deportivos a lo largo de todo el año. Es muy conocida la celebración de la escalera de Sanfermín celebrando con una cena cada uno de los días que cita la canción: uno de enero, dos de febrero, tres de marzo, cuatro de abril, cinco de mayo, seis de junio, siete de julio… ¡San Fermín!.

El Pobre de mí

El 14 de julio terminan oficialmente las fiestas de San Fermín. Los pamploneses reunidos ante el balcón consistorial, despiden solemnemente los ocho días de fiesta que acaban de vivir. A las doce de la noche una multitud de velas encendidas se mueven melancólicamente tras el anuncio de fin de fiesta del alcalde. Durante toda la noche se entonará la canción que da nombre a este último acto: «Pobre de mí, pobre de mí, que se han «acabao» las fiestas de San Fermín”. No obstante, las celebraciones continuarán hasta el amanecer.

En el mismo lugar, con los mismos protagonistas y a la misma hora se celebra el inicio y el final de los Sanfermines. Sin embargo el «Pobre de Mí» es la antítesis del Chupinazo, que cambia la luz del día por la noche, la explosión de alegría, por la tristeza y las ganas de diversión, por el cansancio acumulado. Al igual que lo hiciera el seis de julio, un gran número de gente se concentra en la Plaza Consistorial poco antes de que el reloj marque el final del día. A la hora en punto, el primer edil se asoma desde el balcón del Ayuntamiento para poner fin a las fiestas y dirigiéndose al gentío espeta: «Ya falta menos para el glorioso San Fermín» y emplaza a todos a  participar en los Sanfermines del año siguiente. La multitud corea entonces el “pobre de mi” a la vez que se encienden cientos de velas que se iluminan en la oscuridad de la noche. La costumbre es entonces quitarse el pañuelo como señal de que se han terminado oficialmente las fiestas.Desde la contigua Plaza de los Burgos se oye el ruido de una traca de cohetes lanzada para marcar el final de las fiestas. Los pamploneses desde este momento se tendrán que ir haciendo a la idea de la vuelta a la normalidad. Muchos continuarán todavía una horas más la diversión antes de desanudarse el pañuelico rojo.

Consejos: Para participar plenamente en el Pobre de mi se hace imprescindible llevar una vela. En caso de olvido se puede adquirir en la calle según te vas acercando al Ayuntamiento. Una vez allí, hay que dejarse llevar por el ambiente y entonar un emocionado “pobre de mí”, junto con el “ya falta menos” y otros cantos de despedida.

Como alternativa al acto oficial, las peñas celebran su particular fin de fiesta en la Plaza el Castillo. Se les distingue enseguida por ir pertrechadas con sus pancartas y justo detrás los socios se divierten al son de la música de las txarangas. Teniendo en cuenta que a esta horas apenas quedan bares abiertos donde continuar la juerga, el “pobre de mi” de las peñas es una buena oportunidad para alargar la velada.

Un tercer punto de encuentro es la plaza del Consejo, aunque no aparece en el programa oficial de fiestas, lleva celebrándose desde hace 26 años con notable éxito, ya que cientos de personas acuden a la plaza para cantar y bailar con el pañuelo en la mano. Los socios de la peña El Chanclazo fueron los primeros que se acercaron hasta este sitio en la última noche sanferminera y desde entonces no han faltado a la cita.

Con niños

Perdonas esperando a subir a una atracción en la zona de las barracas de Pamplona durante las fiestas de San Fermin. Foto del Diario de Navarra
Fuente. Diario de Navarra
Niños corren delante del Toro de Fuego durante las fiestas de San Fermín

La Comparsa

La Comparsa de Gigantes y Cabezudos se ha convertido a lo largo de los años en uno de los símbolos de la fiesta de San Fermín. Son personajes muy queridos por los habitantes de esta ciudad, que los han visto desfilar desde siempre. Las cuatro parejas de gigantes forman una corte de reyes, escoltados por los cabezudos y los kilikis, que representan a la autoridad local, y los zaldikos, que en euskera significa caballos. En total 25 figuras de cartón piedra que hipnotizan con sus danzas a niños y también a mayores en las mañanas festivas de las calles de Pamplona.

La Comparsa de Gigantes y Cabezudos ha estado presente en las celebraciones importantes de Pamplona desde el siglo XVI. En el XVIII se perdió esta tradición que se recupera un siglo más tarde gracias a los seis gigantes que conservaba la Catedral de Pamplona. Las esculturas de cartón piedra que actualmente encarnan a los gigantes se crearon hace casi ciento cincuenta años. Exactamente en 1860, cuando el Ayuntamiento encargó a Tadeo Amorena la construcción de 4 parejas de Gigantes, un rey y una reina de cada uno de los continentes: América, África, Europa y Asia, a excepción de Oceanía, de la que no tenían noticia en la época en que se crearon.

El bailador carga sobre los hombros la figura, dentro de su estructura, soportando entre 59 y los 64 kilos de peso, mientras los baila. Es sorprendente descubrir como estos enormes personajes, que alzados llegan a medir 4,20 metros de altura, se mueven con tanta soltura y elegancia. Los gigantes parece que cobren vida al son de la música de los Gaiteros de Pamplona-Iruñeko Gaiteroa. Los niños más pequeños les regalan sus chupetes como regalo, por el cariño que les tienen, que cuelgan de sus enormes manos durante toda la mañana.

Los primeros en llegar son los cabezudos, son mozos disfrazados que portan grandes cabezas, representan la autoridad, con semblante serio y con andares solemnes. Son cinco y se les conoce por el Concejal, la Abuela y el Alcalde y la pareja de japoneses (Japonés y Japonesa). Se dedican a dar la mano a todos los niños que se lo pidan. Son obra del pamplonés Félix Flores, que los creó en 1890.

Los kilikis se diferencian de los cabezudos porque llevan verga y pegan. Todos llevan sombrero de tres picos y con sus caras malhumoradas atemorizan a los chicos a los que persiguen dando golpes a diestro y siniestro. los niños les gritan: «¡kilikiki! ikilikiki! icon el palo, no; con la verga, sí!». Responden a los nombres de Coletas, Patata, Barbas, Verrugas, Napoleón y Caravinagre.

Los zaldikos, que en euskera significa caballos, simulan jinetes montados en sus cabalgaduras que armados con sus vergas corretean a los chavales que encuentran en su camino.

La Comparsa sale todas las mañana de la estación de autobuses, a eso de las 9,30 hs, excepto el día seis que salen a las 16.30 hs, para recorrer las calles del Casco Antiguo y del Ensanche, con un itinerario distinto cada día, aunque siempre se recogen en Autobuses. Para conocer las calles que visitaran los gigantes cada día, lo mejor es consultar la prensa local. El día 14 tiene lugar el último baile en la Estación de Autobuses, en un momento muy emotivo que los pamploneses conocen como la Despedida de los Gigantes

Las Barracas

La feria de atracciones es conocida popularmente en Pamplona como «Las Barracas». El recinto Ferial ha cambiado de ubicación en 2008 y se encuentra situado en el Parque de la Runa, en el barrio de la rochapea. Las tradicionales ‘barracas’ permanecen abiertas prácticamente las 24 horas del día y suponen uno de los mayores atractivos para niños y mayores. El ferial cuenta con cerca de un centenar de atracciones que se instalan cada año en Sanfermines, desde las tradicionales casetas de tiro, carruseles infantiles, los autos de choque, la noria, el tiro, los caballitos, tómbolas, etc. a otras más evolucionadas, con tecnología de vanguardia.

Junto a las atracciones de la feria, abundan churrerías y bares-restaurantes ambulantes que sirven todo tipo de bocadillos de tortillas y platos preparados.
Es conveniente tener en cuenta la mayor afluencia de gente a última hora de la tarde.

También es tradicional la presencia de un circo internacional que, con motivo de las celebraciones sanfermineras, se instala en Pamplona.

Consejo
No está de más prever el presupuesto destinado para las atracciones antes de pisar el recinto, ya que sin darnos cuenta podemos gastarnos demasiado. No obstante, el día 15 los barraqueros ofertan las mismas atracciones a precio reducido. También es conveniente tener el bolso vigilado ya que como todas las aglomeraciones suelen producirse robos.

El Toro de Fuego

Los niños tienen su encierro particular a las diez de la noche. Con el mismo recorrido que el de la mañana, un toro de fuego sale desde la Plaza de Santiago, detrás del Ayuntamiento, para perseguir multitudinaria chiquillería que lo desafía, envuelto en un espectáculo de luz y pólvora. Se trata de una estructura de cartón y madera que soportan cohetes y bengalas en sus lomos que carga sobre los hombros un mozo que recorre las calles del casco viejo hasta que se le termina la carga.

El toro de fuego es un espectáculo muy antiguo del que ya se hacía mención en las crónicas «taurinas» del siglo XVII. En esa época los mozos cargaban al animal con cohetes en su lomo. Debido a la crueldad de espectáculo, se sustituyo por una estructura como la que hoy conocemos.

Un cohete anuncia la salida del primero de los dos toros de fuego que cada noche hacen correr a niños y jóvenes durante poco más de media hora. Los niños, acompañados de sus padres, salen corriendo delante del toro que va soltando chispas, fuegos de distintos colores y petardos en su carrera desde la plaza Consistorial hasta mitad de la calle Estafeta. En este punto, tras el disparo de un segundo cohete, se produce el relevo de la carga y otro mozo continúa el recorrido hasta la Telefónica.

A pesar de que se utiliza pólvora y fuego, el único riesgo es que algún chispazo te queme la camisa, ya que el tipo fuego que se emplea es un fuego frío que no quema. Sin embargo, es recomendable no tocar el toro de cartón, ni mucho menos abalanzarse sobre él, ya que la persona que lo transporta tiene que cargar con más de treinta kilos sobre sus espaldas, con la dificultad que esto supone.

El Encierro

Cantico en la Calle Santo Domingo, antes del cierre.
Cooredores delante de los astados durante un encierro de San Fermín
Foto : Jesús Maria Garzaron
Dobladores durante un encierro de San Fermin
Fuente:: RTVE

¿Qué es el encierro?

Formalmente, el encierro es el traslado del ganado de lidia por las calles -850 metros de recorrido- desde el punto A (el corral de Santo Domingo) hasta el punto B (la plaza de toros). Este traslado, que antaño era necesario para la celebración de las corridas, pero que hoy en día ya no lo es, dura aproximadamente dos minutos y medio y se lleva a cabo entre una multitud de cerca de 3.000 personas. Pero todos sabemos que el encierro es mucho más que esta fría y objetiva descripción.

El encierro, que es el acto más importante de las fiestas de San Fermín, se ha constituido en el símbolo de Pamplona y por él se conoce internacionalmente a esta ciudad. El encierro moviliza cada mañana a 3.000 corredores, 600 trabajadores, 20.000 espectadores en la calle y la plaza de toros, más otro millón de personas a través de la televisión, de modo que se puede afirmar que nunca en Pamplona tantos ojos han escudriñado cada metros cuadrado de calle como a las ocho de la mañana del 7 de julio.

Aunque las características propias del encierro, entre otras el amateurismo, le acercan a las pruebas deportivas -pues hay unas reglas, unos participantes uniformados casi unánimemente, un escenario concreto, unos espectadores y alguien que da la salida y marca la llegada-, el encierro no es un deporte porque en él no hay un ganador. Por otro lado, jamás se podría considerar deporte a un acto que para la ciudad es una seña de identidad y un rito añejo, y para sus participantes un reto que se han autoimpuesto por seguir una tradición secular.

Dadas sus características de peligro asumido voluntariamente, miedo que taladra el estómago, tragedia latente y violencia generalizada, del encierro se ha dicho que es una “locura colectiva”, un “juego a no morir”, una “irracionalidad primitiva”, un “rito iniciático a la virilidad”, o “una exaltación del valor”.

Pero lo cierto es que esta no es una loca carrera regida por el pánico colectivo, ni una huida hacia delante, ni un sálvese quien pueda, sino una anarquía organizada, con sus propias reglas internas y en la que lo esencial no es lo aparente –huir de los toros-, sino acercarse lo más posible a ellos. Porque no hay nada que atraiga más al hombre que retar, desde la pequeñez humana, a la fuerza bruta de un animal que con sólo un movimiento de cabeza puede matarnos

Los Corredores

En el encierro existen muchos elementos y personas que ayudan en la organización del mismo o que tienen por objeto aumentar su seguridad, pero protagonistas, lo que se dice protagonistas de la carrera, sólo hay dos: los corredores y los toros; sin ellos el encierro sería imposible, sin todo lo demás sería más inseguro, pero podría llevarse a cabo.

Se calcula que los días laborables de Sanfermines corren el encierro alrededor de 2.500 personas, cifra que aumenta hasta los 4.000 los fines de semana.

No obstante, no todos ellos pueden considerarse corredores, ya que más de 1.000 entran en el ruedo a cientos de metros de distancia de la manada de toros y cabestros y con una ventaja sobre los astados de un minuto de tiempo. De los demás, alrededor de 500 corren cerca de la manada, pero cuando los toros están a unos cinco metros de distancia no aguantan la presión, se retiran a los lados y se paran para ver pasar los toros. El resto, otros 500 más o menos, sí corren en primera fila, sintiendo a los toros tras sus espaldas, relevándose en tramos de unos 40-50 metros y con unas carreras que –en la cara del toro- no duran más de 8-12 segundos.

El 70% de los mozos que ocupan la calle tiene entre 20 y 35 años de edad, el 10% aproximadamente menos 20 años, y el 20% restante más de 35, con algunos veteranos cincuentones e, incluso, algún sesentón. Su procedencia se reparte de la siguiente manera: el 40% son de Pamplona o Navarra, el 30% proviene de España y otro 30% más o menos es extranjero. La carrera real dura aproximadamente dos minutos y medio, y nadie, por muy deportista que sea, puede completarla en sus 850 metros de longitud junto a los toros debido al barullo que hay en la calle, donde es preciso aguantar empujones a velocidad de sprint, esquivar corredores más lentos, saltar sobre mozos caídos en el suelo y, por supuesto, vigilar continuamente a los animales que vienen por detrás.

Por lo que respecta a las técnicas para correr, existen básicamente dos: la primera es correr incrementando la velocidad paulatinamente hasta dejarse alcanzar por la manada, y entonces buscar un hueco junto a las astas.  La segunda –que solamente puede utilizarse en los últimos 200 metros de carrera porque los toros van más lentos- es esperar parado en los lados y cuando se ve la manada a unos 10 metros de distancia saltar al centro de la calle y correr al sprint. No obstante, esta segunda opción resulta demasiado violenta y peligrosa para el corredor que comienza la carrera y para los que ya vienen corriendo, a los que, inevitablemente, golpea y arrolla.

Pastores y Dobladores

Los pastores existen en el encierro desde siempre, ya que en la Edad Media, cuando aun no había corredores en las calles, ellos eran los encargados de conducir al ganado a pie, tanto por el campo, como por las calles de Pamplona.

En la actualidad hay entre ocho y diez pastores en el encierro. Ataviados con uniforme identificativo y portando una vara, cada uno tiene asignado su tramo de carrera y se van relevando cada 100 metros aproximadamente.

Corriendo tras los astados, su misión es procurar que la manada no se disgregue, evitar que los toros se vuelvan, y mantener alejados a los mozos que corren detrás de un toro suelto.

Los pastores son expertos en manejar ganado y en el difícil arte de recortar reses bravas, pero, curiosamente, casi ninguno es profesional del mundo ganadero, sino que durante el resto del año ejercen profesiones tan alejadas de la tauromaquia como funcionario, pescatero o agricultor. Además de trabajar en el encierro, los pastores sanfermineros se encargan también de todo lo relacionado con los astados durante las fiestas –encierrillo, vaquillas emboladas, festival taurino matutino o fiesta campera, apartado de los toros, y sobreros durante la corrida-.

DOBLADORES
La figura de los dobladores nació en la década de los años 30 para dar más seguridad a los mozos que pueblan el ruedo de la plaza de toros al final del encierro.

Actualmente hay cuatro dobladores en el ruedo pamplonés, todos ellos exmatadores de toros, antiguos novilleros o subalternos, que combinan su profesionalidad en el mundo taurino con una gran experiencia en los encierros pamploneses.

Los dobladores tienen como misión introducir en los corrales de la plaza al toro o toros que se queden despistados deambulando por la arena de la plaza y poniendo en peligro a los muchos mozos que allí hay cada mañana en los instantes finales de la carrera. Los dobladores portan un capote para citar a los toros, pero los conducen hasta el corral arrastrándolo por la arena y sin dar pases a los animales, pues siempre hay que evitar que, por la tarde, los toreros puedan decir que su toro ha sido previamente toreado.

Plano del recorrido del encierro
Fuente: Diario de NoticiAS
Colocación del vallado del recorrido del encierro para las fiestas de San Fermín
Fuente: Diario de Navarra
Vista desde un balcón de la calle estafeta de un enciero de las fiestas de San Fermín
Fuente: Ayuntamiento de Pamplona

Recorrido

El recorrido del encierro de Pamplona, que tiene una longitud de 850 metros, discurre por la tortuosa trama medieval del casco viejo de la ciudad. El complejo urbanismo de esta zona de Pamplona, fruto de siglos de distintas edificaciones, conlleva que el trayecto de la carrera ascienda empinadas cuestas, doble curvas en ángulo recto, discurra por estrechas y sombrías calles, baje pendientes e, incluso, se interne en un túnel por debajo de los tendidos de la plaza de toros.

Es decir, parece que el recorrido del encierro ha sido diseñado para dar variedad y espectacularidad a los diferentes tramos de la carrera, y, sin embargo, el trayecto actual es el que es, por el azar de la ubicación de las antiguas murallas y las puertas medievales de la ciudad y la situación de la plaza de toros.


Santo Domingo
Con sus 280 metros de longitud, en una cuesta de hasta el 10% de desnivel, y encajonado en su primera parte entre paredes verticales de piedra, es el primer tramo del encierro. Los toros salen de un corral situado en un antiguo baluarte de la muralla, y es aquí donde más corren de todo el trayecto, pues Santo Domingo es cuesta arriba y los animales están descansados.
Plaza del Ayuntamiento-Mercaderes


Este segundo tramo del encierro es llano, más luminoso que la cuesta de Santo Domingo y tiene 100 metros de longitud por 9 de anchura media. La manada de toros y cabestros, todavía muy veloz aquí, debe tomar una ligera curva a la izquierda al comienzo de la calle Mercaderes.

Estafeta
La calle más famosa del encierro es larga -300 metros-, sombría y con una ligera cuesta arriba del 2%. Su comienzo junto a la calle Mercaderes es espectacular, con una curva en ángulo de 90º a la derecha, lo que suele provocar que los toros, debido a la fuerza centrífuga, golpeen el vallado exterior, caigan al suelo y se separen.
Telefónica-callejón-plaza de toros
Es el último tramo del encierro, el más luminoso y él único que presenta una suave pendiente hacia abajo. Aquí los toros, que están cansados y corren menos que al principio del recorrido, atraviesan una zona sin edificaciones y con vallados en ambos lados del trayecto. El tramo tiene 120 metros de longitud y una anchura 9 metros al comienzo de Telefónica, que se va cerrando como en un embudo hasta los 3’5 metros del callejón que, a lo largo de 25 metros por debajo los tendidos de la plaza de toros, da acceso a los últimos 50 metros del ruedo pamplonés.

El Vallado

El vallado que cubre los dos lados de las bocacalles y espacios sin edificar del encierro -850 metros- y del encierrillo -450 metros- suma un total de 13.000 piezas, entre tornillería, palometas, arandelas, cuñas de madera y, sobre todo, 900 postes verticales y 2.700 tablones horizontales.

Este vallado, que está marcado con letras y números para que cada pieza se coloque año tras año en el mismo lugar, se instala a finales del mes de junio y permanece en las calles hasta el último día de los Sanfermines.

Algunos de sus tramos son fijos, pero otros, los que impiden el tráfico rodado, son montados y desmontados diariamente por una brigada de 40 carpinteros.

El vallado es de madera de pino roncalés u oscense, y algunos tablones veteranos de madera de olmo tienen más de 100 años de antigüedad. Todos los tablones horizontales y los postes verticales, que se anclan al suelo en huecos de 40 centímetros de profundidad, están reforzados con chapas metálicas para aguantar posibles golpes de toros de más de 600 kilos de peso lanzados a la carrera. Además, existen 12 puertas, también reforzadas, que se van cerrando al paso de la manada, para impedir así que los toros vuelvan sobre sus pasos hasta el inicio del encierro.

En la Edad Media y parte de la Moderna, las bocacalles del encierro pamplonés se cerraban con mantas y con carros, hasta que el ayuntamiento decidió, en el año 1776,  colocar un vallado de madera que impidiera los frecuentes casos de toros que se escapaban por las calles de la ciudad.

En 1941, la seguridad y robustez del vallado pamplonés se vio acrecentada, pues desde entonces este vallado es doble, con un espacio de dos metros de distancia entre el primero y el segundo. Esta decisión se tomó porque el 8 de julio de 1939, un toro de la ganadería de Sánchez Cobaleda de nombre «Liebrero» rompió el entonces único vallado existente, cogió gravemente a una espectadora del encierro y tuvo que ser abatido a balazos por la guardia civil junto a la puerta principal de la plaza de toros.

Cómo y dónde verlo

El encierro de Pamplona es uno de los espectáculos públicos de mayor fama internacional, pero uno de los que resulta más difícil ver in situ. Esta dificultad radica en que la carrera no se celebra en un recinto cerrado, con accesos controlados y mediante entradas como los espectáculos deportivos de masas, sino que discurre por las calles de la ciudad, y de una ciudad caótica debido a las fiestas.

Por tanto, para contemplar in situ la emoción de la carrera –algo que nunca puede ofrecer completamente la televisión, a pesar de sus repeticiones y ralentizaciones- es necesario colocarse tras los escasos vallados que flanquean el recorrido. En estos lugares, a los que hay que acudir por lo menos dos horas antes del comienzo del encierro, no caben más de 1.500 personas –en primera y segunda fila- con alguna garantía de “ver” a los toros de cerca; y para más abundamiento, sólo es posible ver un pequeño tramo de no más de 15 o 20 metros de calle.

Sin duda, lo más recomendable es ver el encierro desde un balcón, porque allí se “vive” plenamente la emoción de la carrera y se contempla un tramo de 100 o 200 metros del trayecto. Además, no hace falta estar en el balcón más que una hora antes del inicio de la carrera. 
El problema es que en los balcones del recorrido no caben más de 4.000 personas, y o se es amigo-familiar-conocido de algún propietario de balcón –que es lo que tradicionalmente se ha hecho en Pamplona- o se recurre a alguna empresa especializada en alquiler de plazas de balcón, por un precio que oscila entre los 50 y los 100 euros por persona y día.

En la plaza de toros caben 20.000 espectadores, pero también es preciso adquirir la correspondiente entrada si se acude a localidades de gradería y gradería alta, mientras que los días laborables los tendidos del coso taurino son de entrada gratuita, aunque también se llenan muy pronto y es preciso madrugar para encontrar sitio. Además, en la plaza no se puede ver en realidad el encierro sino su final, cuando los corredores se abren en “abanico” al entrar en la arena.

Por último, siempre se puede recurrir a la televisión o a las pantallas gigantes instaladas en la calle que reproducen la señal televisiva. 
A través de TVE ven el encierro  diariamente en España un millón de personas en directo, desde la comodidad de sus domicilios, sin madrugar ni soportar el frescor mañanero pamplonés. 
A esta cifra habría que sumar los espectadores del canal internacional de TVE, y los 80 millones que lo ven en diferido en los informativos y programas de los países que forman Eurovisión.

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